Mercedes: recordándola....
Se apagó la voz de América Latina Parte de sus cenizas serán esparcidas en Mendoza, ciudad a la que amó y en la que vivió durante los primeros años 60.
Sus rastros en nuestra provincia
Con memoria mendocina
La muerte de esta artista deja un hueco en el corazón de Mendoza, donde ella supo agitar su voz y sembrar afectos. Aquí dio sus primeros pasos artísticos y participó de la creación del Nuevo Cancionero. Un repaso de esa historia y el emocionado recuerdo de sus amigos y artistas mendocinos.
05 de octubre de 2009
La Negra cerró sus ojos y dijo: “Llegué, hasta aquí nomás se abre la senda”. Y como intuyendo que aquella huella profunda, que abrió con sus pasos artísticos y su voz, comenzaba a angostarse hasta fundirse con el cielo, tomó un último suspiro hondo y expandido y logró insuflarle aire, luz y belleza a su reciente trabajo: ese formidable legado y doble registro de su canto que es “Cantora”.
Y lo hizo a conciencia: reuniendo en la celebración a quienes, sentía, eran compañeros de combates melódicos y rebeldías poéticas; desde Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Charly García, Fito Páez o Lila Downs, hasta sus ahijados más jóvenes y recientes, como los mendocinos del Dúo Nuevo Cuyo y María Eugenia Fernández.
Pero Mercedes Sosa, como referente del folclore de toda esta vasta América Latina tiene, entre sus páginas vividas, un capítulo importante transitado aquí en Mendoza. Es esta porción de su historia que compartió con nosotros, la que pugna por cantar en su homenaje, la que busca las palabras más dulces, más amorosas, para decirle cuánto es que va a extrañarla.
Es por eso que aquí, los artistas locales y los amigos que dejó sembrados tras sus enormes pasos, desgranan sus lágrimas de entrelíneas, mientras recomponen la memoria.
Sus inicios, su presencia
Corrían los años ‘60. Época bulliciosa, de artistas creativos, de hombres y mujeres urgidos por dar voz a nuestra identidad latinoamericana. Época de guitarras afiladas, pulsadas con el corazón más que con los dedos.
En esa argamasa creativa comenzaron a delinearse nombres y un movimiento popular y musical mendocino que habría de marcar la historia con el “antes y después de”: el Nuevo Cancionero Cuyano.
El movimiento se presentó públicamente a través de un manifiesto que publicaron en Los Andes, el 11 de febrero de 1963. Representaron un colectivo artístico de renovación, desde la lírica hasta la música, asentado en la idea de hablar de “lo nuestro” desde nuestras artes.
Entre los nombres de aquellos fundadores y escritores del manifiesto, varios de los más fervorosos son los de Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Eduardo Aragón, Oscar Matus y su joven mujer, la tucumana Mercedes Sosa (que supo tener como guitarrista a otro mendocino: Pepete Bértiz).
Y fue justamente Mercedes quien luego se encargó de dispersar por el mundo ese legado musical del que ella fue, también, protagonista.“Yo soy medio mendocina, además de tucumana. Mi formación cultural la hice en Mendoza, también allí conocí el amor (Oscar Matus) y supe que estaba embarazada de mi hijo Fabián”, supo decirnos la Negra en alguna de sus recurrentes visitas.
A fines de los ‘50, Mercedes se radicó en la provincia. Aquí fue donde se casó con Matus, tuvo a su único hijo y gestó amistades que durarían toda la vida: no había vez en que viniese a Mendoza que la Negra faltara a la cita con los Bustelo. Es que el lazo afectivo con Ángel también la estrechaba a su mujer Elba y a su hijo Fidel. Hacia Ugarteche es que partía ella, a guitarrear con asado en una finca de la familia.
La primera vez que Mercedes cantó La Misa Criolla fue en nuestro Frank Romero Day (allá por los ‘90). No sólo la preparó especialmente para esa oportunidad, sino que también dejó un registro de ese trabajo amoroso. Las presentaciones (fueron viernes y sábado) convocaron a Ariel Ramírez, un coro de 600 voces que dirigió Damián Sánchez y la prodigiosa voz de la “cantora de cantoras”.
En esa oportunidad decidió quedarse una semana en Mendoza, con su madre y su hermano (“siempre que vengo es de pasada”, se quejaba aseverando que le encantaría volver a vivir acá); tal vez la estadía más prolongada en nuestra provincia desde que se fuera de aquí para vivir en Buenos Aires.
Quienes la acompañaron por esos días pueden dar cuenta de sus hábitos inamovibles: el mate siempre compañero, “tremendamente coqueta -cuentan-: concurría a la peluquería todos los días”.
Y hasta se dio el lujo, en esa visita más extensa, de cenar en la casa de Rodolfo Gabrielli (quien en esas épocas era nuestro gobernador). Hasta en esa tertulia distendida (en la que, claro, cantó generosamente), apuraba detalles de La Misa Criolla que habría de dejarnos para la historia.
Pero también es Mendoza la que la cobijó en su debut discográfico, con un trabajo independiente: “Canciones con fundamento”. “Esta provincia es un destino con vuelta asegurada”, dijo no hace mucho aseverando el destino atávico que la unía a nuestra tierra.
La historia de nuestra fiesta mayor, la Vendimia, ha tenido anclaje en la vida de Mercedes. No sólo en los últimos tiempos, cuando subió a ese escenario, sino también en aquellos otros en que el dinero era esquivo, la gloria del éxito aún no había llegado y ella era una joven enamorada de la música, de un hombre y de la vida: “Cuando yo estaba embarazada de Fabián en el ‘58, recuerdo que queríamos ver la Fiesta con mi marido, pero no teníamos dinero para la entrada -supo contarnos-. Entonces nos fuimos a los cerros para poder apreciarla. Nos enamoramos de la magnitud y belleza de la puesta, con ese marco... fue impresionante. Es más, vimos el Carrusel desde un edificio alto en donde se podía ver a las Reinas y los carros. Era mágico; nunca había visto una fiesta con tanta magnificencia”.
El año pasado subió al escenario de la Vendimia para llorar su homenaje a Tito Francia, un dolor que se le enquistó en el alma al momento de su muerte. Y fue con la “Zamba de los adioses”, que alguno de sus íntimos pulsará ahora, para ella, con otra guitarra. Por Patricia Slukich y Analía de la Llana
Con memoria mendocina
La muerte de esta artista deja un hueco en el corazón de Mendoza, donde ella supo agitar su voz y sembrar afectos. Aquí dio sus primeros pasos artísticos y participó de la creación del Nuevo Cancionero. Un repaso de esa historia y el emocionado recuerdo de sus amigos y artistas mendocinos.
05 de octubre de 2009
La Negra cerró sus ojos y dijo: “Llegué, hasta aquí nomás se abre la senda”. Y como intuyendo que aquella huella profunda, que abrió con sus pasos artísticos y su voz, comenzaba a angostarse hasta fundirse con el cielo, tomó un último suspiro hondo y expandido y logró insuflarle aire, luz y belleza a su reciente trabajo: ese formidable legado y doble registro de su canto que es “Cantora”.
Y lo hizo a conciencia: reuniendo en la celebración a quienes, sentía, eran compañeros de combates melódicos y rebeldías poéticas; desde Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Charly García, Fito Páez o Lila Downs, hasta sus ahijados más jóvenes y recientes, como los mendocinos del Dúo Nuevo Cuyo y María Eugenia Fernández.
Pero Mercedes Sosa, como referente del folclore de toda esta vasta América Latina tiene, entre sus páginas vividas, un capítulo importante transitado aquí en Mendoza. Es esta porción de su historia que compartió con nosotros, la que pugna por cantar en su homenaje, la que busca las palabras más dulces, más amorosas, para decirle cuánto es que va a extrañarla.
Es por eso que aquí, los artistas locales y los amigos que dejó sembrados tras sus enormes pasos, desgranan sus lágrimas de entrelíneas, mientras recomponen la memoria.
Sus inicios, su presencia
Corrían los años ‘60. Época bulliciosa, de artistas creativos, de hombres y mujeres urgidos por dar voz a nuestra identidad latinoamericana. Época de guitarras afiladas, pulsadas con el corazón más que con los dedos.
En esa argamasa creativa comenzaron a delinearse nombres y un movimiento popular y musical mendocino que habría de marcar la historia con el “antes y después de”: el Nuevo Cancionero Cuyano.
El movimiento se presentó públicamente a través de un manifiesto que publicaron en Los Andes, el 11 de febrero de 1963. Representaron un colectivo artístico de renovación, desde la lírica hasta la música, asentado en la idea de hablar de “lo nuestro” desde nuestras artes.
Entre los nombres de aquellos fundadores y escritores del manifiesto, varios de los más fervorosos son los de Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Eduardo Aragón, Oscar Matus y su joven mujer, la tucumana Mercedes Sosa (que supo tener como guitarrista a otro mendocino: Pepete Bértiz).
Y fue justamente Mercedes quien luego se encargó de dispersar por el mundo ese legado musical del que ella fue, también, protagonista.“Yo soy medio mendocina, además de tucumana. Mi formación cultural la hice en Mendoza, también allí conocí el amor (Oscar Matus) y supe que estaba embarazada de mi hijo Fabián”, supo decirnos la Negra en alguna de sus recurrentes visitas.
A fines de los ‘50, Mercedes se radicó en la provincia. Aquí fue donde se casó con Matus, tuvo a su único hijo y gestó amistades que durarían toda la vida: no había vez en que viniese a Mendoza que la Negra faltara a la cita con los Bustelo. Es que el lazo afectivo con Ángel también la estrechaba a su mujer Elba y a su hijo Fidel. Hacia Ugarteche es que partía ella, a guitarrear con asado en una finca de la familia.
La primera vez que Mercedes cantó La Misa Criolla fue en nuestro Frank Romero Day (allá por los ‘90). No sólo la preparó especialmente para esa oportunidad, sino que también dejó un registro de ese trabajo amoroso. Las presentaciones (fueron viernes y sábado) convocaron a Ariel Ramírez, un coro de 600 voces que dirigió Damián Sánchez y la prodigiosa voz de la “cantora de cantoras”.
En esa oportunidad decidió quedarse una semana en Mendoza, con su madre y su hermano (“siempre que vengo es de pasada”, se quejaba aseverando que le encantaría volver a vivir acá); tal vez la estadía más prolongada en nuestra provincia desde que se fuera de aquí para vivir en Buenos Aires.
Quienes la acompañaron por esos días pueden dar cuenta de sus hábitos inamovibles: el mate siempre compañero, “tremendamente coqueta -cuentan-: concurría a la peluquería todos los días”.
Y hasta se dio el lujo, en esa visita más extensa, de cenar en la casa de Rodolfo Gabrielli (quien en esas épocas era nuestro gobernador). Hasta en esa tertulia distendida (en la que, claro, cantó generosamente), apuraba detalles de La Misa Criolla que habría de dejarnos para la historia.
Pero también es Mendoza la que la cobijó en su debut discográfico, con un trabajo independiente: “Canciones con fundamento”. “Esta provincia es un destino con vuelta asegurada”, dijo no hace mucho aseverando el destino atávico que la unía a nuestra tierra.
La historia de nuestra fiesta mayor, la Vendimia, ha tenido anclaje en la vida de Mercedes. No sólo en los últimos tiempos, cuando subió a ese escenario, sino también en aquellos otros en que el dinero era esquivo, la gloria del éxito aún no había llegado y ella era una joven enamorada de la música, de un hombre y de la vida: “Cuando yo estaba embarazada de Fabián en el ‘58, recuerdo que queríamos ver la Fiesta con mi marido, pero no teníamos dinero para la entrada -supo contarnos-. Entonces nos fuimos a los cerros para poder apreciarla. Nos enamoramos de la magnitud y belleza de la puesta, con ese marco... fue impresionante. Es más, vimos el Carrusel desde un edificio alto en donde se podía ver a las Reinas y los carros. Era mágico; nunca había visto una fiesta con tanta magnificencia”.
El año pasado subió al escenario de la Vendimia para llorar su homenaje a Tito Francia, un dolor que se le enquistó en el alma al momento de su muerte. Y fue con la “Zamba de los adioses”, que alguno de sus íntimos pulsará ahora, para ella, con otra guitarra. Por Patricia Slukich y Analía de la Llana
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Por lobogabriel - 6 de Octubre, 2009, 8:50, Categoría: lecturas
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